Para todos aquellos que nos experimentamos seguidores de Jesús, el término “testigo” es muy significativo. Nos evoca las palabras del Resucitado, que hace de unos discípulos temerosos verdaderos testigos de la Resurrección.

En la vida cotidiana el testigo es aquel que da fe, que reconoce que algo ha sucedido porque lo ha podido ver y oír en primera persona. El contexto más frecuente es el de un proceso. De ahí, que hablemos del testigo de una boda o de un juicio, por ejemplo.

En el Antiguo Testamento se reconocen fundamentalmente como testigos a los profetas y al pueblo de Israel. Los profetas eran hombres que habían tenido una experiencia especial de encuentro con Dios, Desde ahí se convertían en sus pregoneros, intérpretes, mensajeros de un Mensaje por el que se habían sentido alcanzados. Pero también se consideraba muchas veces como testigo a Israel, el pueblo escogido por Dios que, aún en su insignificancia comparada con otros pueblos, tenía el encargo de proclamar ante los otros pueblos el amor y la bondad de Dios. (Is 43, 8-13)

Por tanto, podemos decir que el testigo es aquel que da testimonio. Jesús mismo se reconoció muchas veces como testigo. El daba testimonio, y testimonio de la verdad (Jn 5, 31-39) como lo hacía también el Espíritu (Jn 15,26)

En el Nuevo Testamento la palabra testigo se enriquece desde la vida de Jesús, y en griego se tradujo como “martyr”. Así, el testigo pasa a ser alguien que se compromete con el mensaje del que da testimonio hasta el punto de dar la vida si fuera necesario. El testigo es aquel que pone su vida como garantía de aquello que anuncia (Hch 22,20). Es decir, no se trataba sólo de lo que se había visto y oído sino de una convicción profunda que impulsaba a ser fiel hasta las últimas consecuencias.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles las últimas palabras de Jesús antes de su Ascensión serán: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, Judea, Samaría y hasta el confín del mundo” (Hch 1,8). Jesús sigue contando para su misión con los compañeros de la primera hora, un puñado de hombres llenos de deseos pero también frágiles y dubitativos. Conmueve como esos apóstoles frágiles serán capaces de decir ante el Sanedrín: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20)

Sólo podemos ser testigos de aquello que hemos experimentado. Eso nos recuerda la profunda vinculación entre nuestra condición de discípulos y aprendices de apóstoles. María Magdalena, Pedro y el discípulo amado al “ver”, “creyeron” y “entendieron”, es decir, tuvieron una verdadera experiencia de fe. Su testimonio nació de un encuentro profundo con el Señor resucitado. ¿Qué necesitas para vivir con convicción y alegría esta invitación a ser testigo?