En la 77ª Asamblea Mundial de la Salud de la ONU, celebrada del 27 de mayo al 1 de junio, el arzobispo Ettore Balestrero, representante Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas y otras Organizaciones Internacionales en Ginebra, destacó el compromiso de la Iglesia católica en el ámbito de la salud mundial. Destacó que la Iglesia proporciona casi el 25% de la asistencia sanitaria mundial y hasta el 40-70% en algunas de las zonas más pobres, abogando por un acceso equitativo a los servicios sanitarios.

El arzobispo Balestrero inició su discurso refiriéndose a la pandemia provocada por el Covid-19, resaltando las enseñanzas que nos ha dejado sobre la interdependencia humana. La solidaridad no debe ser vista como actos esporádicos de generosidad, sino como una mentalidad comunitaria que prioriza la vida de todos. La salud es una cuestión de justicia y no solo de ayuda al prójimo. Necesitamos crear una cultura del cuidado basada en el reconocimiento del carácter sagrado de la vida y la dignidad inalienable de toda persona humana.

Balestero aplaudió los esfuerzos de los Estados y la Secretaría de la OMS en dos procesos históricos: la actualización del Reglamento Sanitario Internacional y la elaboración de un nuevo “acuerdo sobre pandemias”, encaminados a reforzar la cooperación, la equidad y la solidaridad. El arzobispo subrayó que no se deben escatimar esfuerzos para continuar construyendo un acuerdo para enfrentar los desafíos sanitarios. La salud no es un bien de consumo, sino un derecho universal, y, por lo tanto, el acceso a los servicios sanitarios no puede ser un privilegio.

Concluyendo su discurso, monseñor Balestrero invitó a los países presentes a trabajar juntos para hacer de la salud universal una realidad concreta para todos. La Santa Sede reafirmó su compromiso en colaborar y apoyar los esfuerzos globales para garantizar que la salud sea accesible para todos y sin excepción.