Todos requerimos ser incluidos. Al nacer, llegamos necesitados de inclusión: en una familia, un entorno, en la sociedad.  Precisamos que otros nos reciban y nos integren.

 La inclusión es una actitud profundamente evangélica. Va más allá de añadir o sumar personas, sino que implica valorar lo que las personas son y lo que aportan. Es mirar a las personas reconociendo el don del que son portadoras simplemente por lo que son, seres humanos.

La inclusión no solo tiene que ver con la realidad de la discapacidad, sino que afecta a todos los ámbitos. Es una actitud ante la vida, ante el mundo y ante los otros; es saber relacionarse generando dinámicas de respeto, igualdad, solidaridad; es mirar lo diferente con apertura, sin etiquetas, con la certeza de que lo distinto suma y no resta.

Jesús de Nazaret fue especialista en incluir, especialmente a los más excluidos y rechazados de su tiempo. Leprosos, prostitutas, gente humilde, enfermos, extranjeros… con todos tuvo encuentros sanadores que hacían intuir que una nueva forma de relacionarse era posible. Supo acercarse, en su época, a las fronteras que conducían a la marginación poniendo en el centro a los que aparentemente no contaban. Jesús fue capaz de integrar a los que habían sido apartados por considerar que estaban en pecado. Así, con su vida anunció lo que hoy llamaríamos una “cultura inclusiva”.

Optar por la inclusión te compromete y si la vives con autenticidad tienes que estar dispuesto a dejar que te condicione la vida. Jesús de Nazaret llegó a no poder entrar en la ciudad porque se había acercado a los leprosos y los había tocado. He aquí algunos ejemplos muy concretos que seguro tú mismo podrás enriquecer con otros: acercarte al “raro” de tu trabajo, invitar al vecino que intuyes que no es muy aceptado, integrar al nuevo compañero que viene de otro lugar y no tiene amigos, elegir trabajar en equipo con quien sabes es más lento o tienes menos habilidades en ese tema, etc.  Estas pequeñas opciones quizá te expongan a que otros hablen de ti, quieran pasar menos tiempo contigo, te inviten menos por miedo a que traigas a quien “no es del grupo”

¿Cuáles son las dificultades para la inclusión?  Muchas veces el miedo a lo desconocido, la inseguridad que nos genera enfrentarnos a situaciones nuevas, malas experiencias, actitudes de superioridad o intolerancia que necesitan ser transformadas, etc. Formula tus propios impedimentos o resistencias: las que vienen de ti mismo (tu personalidad e historia) pero también las que percibes en tu entorno y a las que eres permeable.

La inclusión, en todo caso, implica un proceso porque conlleva un camino, una búsqueda de cómo vivir la diversidad. Las escuelas y las familias son un espacio privilegiado para educar en este valor tan importante sin el cual no puede haber igualdad de oportunidades. Sin abrirnos a los otros, especialmente a los que sentimos diferentes, no podremos ser buenos ciudadanos, ni buenas personas, ni buenos creyentes.

Son numerosos los espacios donde nuestras actitudes, gestos y palabras pueden incluir o excluir. ¿Quién pasa por un momento de vulnerabilidad en tu entorno? ¿Estas abierto a mirar, a dejarte alcanzar y a comprometerte? ¿Cómo puedes hacer de la inclusión un verdadero estilo de vida?

Toma conciencia de tu papel transformador allí donde estás y de que tu propia vida puede generar dinámicas para la inclusión