Es un regalo contar con la posibilidad de contrastar nuestras vivencias con personas que llevan un mayor recorrido en la fe. Son esas personas que, siendo referencia para nosotros, caminan a nuestro lado como lo hizo Jesús con los discípulos de Emaús: acogiendo, orientando, mostrando aquello que no podían ver, despertando los deseos, dinamizando, etc. 

Muchas veces pensamos que sólo es importante contrastar y dialogar con otros nuestra condición de discípulos. Solemos prestarle más atención y quizá ponemos en ella más interés. Cuando vemos que trae muchos frutos (ej: aprender a formular nuestras experiencias, crecer en hábitos, aprender a discernir, personalizar nuestro propio proceso..) se vuelve un medio muy valioso. 

Pero nuestra vida cristiana tiene dos dimensiones por cultivar, la dimensión de discípulo y la dimensión de apóstol. En esta segunda vamos descubriendo que lo que recibimos del Señor no es algo que guardar sino un don que transmitir y compartir. Los “apóstoles de Emaús” volvieron de inmediato a Jerusalén con los once a compartir lo que habían vivido.

A veces nos encontramos con dificultades a la hora de vivir la misión y sentirnos portadores de lo que Dios nos regala. Por un lado, se encuentran nuestros propios miedos, complejos e inseguridades. Nos pesa sentir que nuestra experiencia es frágil, que nos faltan muchas respuestas, que tenemos también nuestras propias dudas de fe. Otras veces, nos puede el  miedo a sentirnos rechazados o juzgados. Ayuda una compañía cercana que nos invita a identificar y afrontar los miedos, y a descubrir que nuestra propia experiencia puede ser un don para otros también en su precariedad.

Pero también vivimos dificultades propias del contexto: sentir la indiferencia o falta de interés de otros, o encontrarnos con personas que creen la fe no puede aportarles nada, o resistencias por malas experiencias. Entonces podemos sentir que nos faltan herramientas, y sentirnos pequeños nos hace desistir. 

Muchas veces no se trata de un acompañamiento formal. Puede irse dando, de camino, un contraste y una cercanía con personas que son referencia para nosotros. Si damos el paso a dialogar no solo sobre nuestras dificultades en la oración sino también en aquello que nos hace difícil anunciar el Evangelio, seguramente descubriremos nuevas luces. 

Las dificultades cuando se comparten no solo se pueden objetivar más fácilmente sino que se hacen más llevaderas. Y seguramente iremos descubriendo que la misión es algo único y personal, un llamado de Dios que va tomando forma. 

Si por tu propia experiencia estás cerca de personas que van descubriendo su dimensión apostólica y experimentándose aprendices de apóstoles toma en cuenta estas sugerencias:

  • Cuida tu propia relación con el Señor. Es fundamental hablarle a Dios de las personas que “acompañas”. Haz de la oración un lugar para la empatía, para descubrir el gesto y la palabra oportuna. No vas en tu nombre, sólo puedes remitir a Dios si tú mismo vives en relación con El. 
  • Respeta y ponte el ritmo de los tiempos de Dios. Los procesos suelen ser lentos y a veces nos gana la tentación de hacerlo todo rápido. Recuerda que cada proceso es diferente, descálzate ante lo que Dios va obrando. Prolonga la disposición de Jesús de saber caminar al lado, respetando que no siempre vemos a la primera ni de golpe. Ayuda a ganar en confianza y a descubrir que uno tiene más para ofrecer que lo que muchas veces piensa.
  • Anima, ayuda a descubrir lo que sí hay e invita a dar pasos. Acompaña los pequeños pasos y tanteos. Seguramente hay dificultades y no todo sale como se espera, pero en medio de todo hay signos que hablan de la presencia de Dios. Ayuda a descubrir cómo la fe se fortalece compartiéndola y asumiendo riesgos. Invita a descubrir los dones y talentos que el otro puede poner al servicio de la misión.